Incertidumbre: cómo salir de la hiperactivación psicológica por la pandemia

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En esta pandemia psicológica cada persona tiene su particular estado anímico, pero es común tener una preocupación recurrente.

Las diferentes circunstancias que estamos viviendo en los últimos meses, debido a la crisis originada por el coronavirus, están generando otra pandemia nueva y diferente, la psicológica, cuyo síntoma generalizado es una saturación emocional, provocada por la incertidumbre y el miedo constantes.

El miedo, a su vez, activa otras emociones negativas como la tristeza, la ira, la angustia, la agresividad, la apatía, la culpa o el odio, y también acelera o embota el pensamiento. Ambas cosas, pensamientos y emociones, se retroalimentan, provocando diferentes grados de malestar o sufrimiento psicológico, pérdida de sueño, pesadillas, inseguridad, desconfianza, confusión… Pero la solución no es tratar de controlarse.

¿Cómo hemos llegado a esta situación?

En realidad, ya antes de la pandemia cada ser humano tenía estos miedos: a enfermar, a la soledad, a la escasez económica, a morir o a perder a un ser querido. Pero esos miedos estaban adormecidos, reprimidos, racionalizados, lo cual permitía alejarlos de la consciencia mientras no surgiera una situación grave que los «despertara» (como padecer una enfermedad o perder a un ser querido). Y eso es lo que está sucediendo ahora, han surgido todos los miedos a la vez, en todo el mundo y con gran intensidad.

Las diferentes circunstancias que en la actualidad amenazan a cuestiones básicas como la salud, la economía y las relaciones personales, producen esta activación psicológica constante de la que es difícil escapar. Claro está que no todo el mundo se encuentra en las mismas circunstancias, pero esta hiperactivación emocional constante es un estado psicológico que se ha generalizado, y que está derivando en un aumento de trastornos psicológicos, como irritabilidad, ansiedad, depresión, agorafobia, estrés postraumático, trastornos del sueño…

Observe lo que le está ocurriendo

En esta pandemia psicológica cada persona tiene su particular estado anímico, pero es común tener una preocupación recurrente mientras no se está distraído u ocupado en algo que requiera toda la atención. A veces ni siquiera así desaparece la inquietud.

Algunos indicadores son estar angustiado a menudo por otras personas o por uno mismo, por miedo a contagiar o ser culpable de contagiar a otros. También es frecuente el temor al rechazo social por dar positivo en el test, o el temor a ser señalado como responsable de los rebrotes. Asimismo, puede irritarse cuando ve noticias de otras personas que no cumplen las medidas de seguridad.

Si genera odio o animadversión contra los que consideran que todo es mentira o contra los que se creen la versión oficial a pies juntillas; si se asusta ante un descuido fortuito, como olvidar ponerse la mascarilla; si le da pánico que aparezca en su entorno una persona con test positivo y esto le obligue a confinarse y cerrar su negocio; si no puede dejar de pensar en el riesgo que pueden correr sus padres o sus hijos… está sufriendo la pandemia psicológica. No es algo raro dadas las circunstancias. Pero recordemos que el miedo disminuye la eficacia del sistema inmunológico y, por tanto, aumenta el riesgo de ponerse enfermo.

¿Cómo afrontar esta situación psicológica?

Como la causa principal es el miedo, hay que aprender a resolverlo. Para ello, una idea que hay que tener clara es que el miedo no ayuda en nada. Es falso que el miedo en «dosis razonables» es necesario o protege, como se afirma muy a menudo. Lo que protege es percibir con claridad el peligro y dar una respuesta adecuada a él, sin miedo. Si un cirujano, por ejemplo, tiene miedo de hacer mal su trabajo, por poco miedo que sea, lo hará peor porque se sentirá inseguro.

Otra cuestión clave es que las emociones negativas no se resuelven gestionándolas, ni trabajándolas, ni aceptándolas, estos son esfuerzos racionales para controlarlas, no para resolverlas. La forma de resolver el miedo, y las demás emociones negativas que se derivan de él, reside en comprender a fondo sus causas, llevando a cabo un proceso de aprendizaje, racional y emocional.

El aprendizaje de la parte emocional consiste en explorar, en sentir las sensaciones corporales que se producen como consecuencia de su estado de ánimo para perderles el miedo (no para relajarlas, ni aceptarlas, ni transformarlas en nada). La parte racional tiene que ver con reflexionar, razonar sobre las ideas psicológicas erróneas que producen el miedo. No existe una pastilla que le quite el miedo, tampoco hay un consejo que vaya a acabar con él. Es un proceso de aprendizaje.

Veamos un ejemplo sobre cómo proceder

Supongamos que alguien se irrita mucho cuando ve una noticia sobre un grupo de personas en una fiesta saltándose la distancia de seguridad, sin mascarilla, abrazándose…  o por el contrario, alguien que se irrita mucho por la incoherencia de las medidas dictadas, que cambian de una semana a otra (como está ocurriendo ahora que en algunas partes de España no se puede ir a un parque pero si a una casa de apuestas). Lo primero será que no se cargue de razón, ni aunque la tenga, porque aumentará su ira y esa ira la sufre el que la tiene. Ver la realidad es correcto, ser consciente del disparate de ciertas normas es necesario, pero sin generar odio ni ira, porque esas emociones no arreglarán nada y le perjudican a quien las siente.

Si observa con interés  puede darse cuenta de que la ira surge del miedo. La ira y el odio siempre surgen de algún temor. Para unos el temor más fuerte puede ser volver al confinamiento, para otros ponerse enfermo o perder a un ser querido, o que los gobernantes no actúen en beneficio de todos, para otros perder el trabajo y tener problemas económicos… o todos estos temores a la vez. Y aunque sean riesgos reales, ni la ira ni el miedo van a ayudar a mejorar la situación, por el contrario, la empeoran. Se puede y se debe aprender a resolver estas emociones que le hacen sufrir.

Aprender a resolver los propios miedos, la ira, la tristeza, la angustia, no significa quedarse de brazos cruzados. Externamente hay que actuar, como se considere oportuno para minimizar los riesgos o para concienciar a otros. Pero hay que concienciar acercándose a la verdad, sin recurrir al miedo. La responsabilidad nace de la comprensión de la realidad, de la inteligencia, no del miedo.

María Ibáñez y Jesús Jiménez, Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta.

Staff de Notiissa.mx