Una razón para extrañar a George Steiner

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Por Héctor González.

Si algo sabía hacer George Steiner (1929-2020) era pensar y hacernos pensar. ¿Cuáles son las implicaciones de este ejercicio? Para el crítico francés pensar entristece y produce melancolía porque nos hace añorar a los ancestros primitivos y desde el punto de vista bíblico, nos lleva a asumir la pérdida del paraíso.

Diestro en el arte de detectar las contradicciones en el ser humano, Steiner escribió Diez (Posibles) razones para la tristeza del pensamiento, ensayo breve donde se dedicó a explicar las razones de su tesis.

Una vez que agradecemos la sencillez y la claridad de sus ideas, hay que ir al tuétano del texto. Steiner, retoma al teutón Friedrich Schelling, uno de los primeros filósofos en reconocer el estado ineludible de la sensación de pensar en el Hombre, para construir los cimientos de su decálogo.

“Nunca sabremos hasta donde llega el pensamiento en relación con el conjunto de la realidad. No sabemos si lo que parece indefinido no es, en realidad, ridículamente estrecho e irrelevante”, escribe casi al principio.

El segundo punto tiene que ver con la incesante movilidad de la mente: “El pensamiento no está bajo control. Aun durante el sueño y, verosímilmente, en los estados de inconsciencia la corriente fluye”.

Cada punto se desglosa con inteligencia y lógica. Cada capítulo abre la puerta al siguiente.

Para nadie es un secreto que el raciocino es lo que nos distingue del resto los animales. Para nadie es un secreto tampoco, que el pensamiento nos aporta identidad, pero también frustración. La verdad absoluta es inalcanzable e imposible. Si partimos de la máxima socrática, “sólo se que no se nada”, veremos que la búsqueda del conocimiento es una batalla perdida, como también lo es pretender saber qué piensa “el otro”. Seamos sinceros, aunque creamos conocer totalmente a nuestra pareja o familia, esto es imposible.

Una a una, las razones que argumenta George Steiner, nos colocan en una dimensión para la cual se requiere humildad, valor que por cierto escasea en días como éstos en los que todos creen tener una opinión importante.

Al final, y fiel a su carácter provocador, el francés perfila en un puñado de líneas una de las grandes paradojas que produce pensar y concluye: “El dominio del pensamiento, de la misteriosa rapidez del pensamiento, exalta al hombre por encima de todos los demás seres vivientes. Sin embargo, lo deja convertido en un extraño para sí mismo y para la enormidad del mundo”. Es decir, no somos nada.

RT

Staff de Notiissa.mx

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